Conciencia en la era dígital

Descripción de la publicación.

2/19/20262 min read

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La espiritualidad ya no es refugio: se convirtió en campo de batalla
(eso dice más de nosotros que de “los otros”)

Cada vez que abro Instagram, TikTok o X, el patrón salta a la vista: la espiritualidad está en todas partes… pero casi nunca para expandir. Predomina la crítica feroz, el juicio rápido, la comparación constante y las disputas eternas sobre quién tiene “la verdad absoluta”.

“Ese gurú es falso”, “esa práctica es de baja vibración”, “tú todavía estás en ego”, “yo ya integré mi sombra y por eso veo lo que tú no ves”.

Cuando una creencia se convierte en parte central de nuestra identidad, cualquier cuestionamiento (real o imaginado) activa los mismos mecanismos de defensa que usaríamos si alguien atacara a nuestra familia. El juicio al otro no siempre busca destruir: muchas veces solo busca protegernos a nosotros mismos.

Es escudo emocional disfrazado de discernimiento espiritual.

Pero desde una mirada más amplia, la espiritualidad no es (ni debería ser) una competencia olímpica. La conciencia no compite. Simplemente es. No necesita ganar, no necesita descalificar, no necesita tener más seguidores que la “competencia”. Cuando realmente se expresa, fluye sin imponerse.

Mi propio camino (desordenado, imperfecto, valioso)

En lo personal, he pasado por muchas “etiquetas” y ninguna me contuvo del todo:

  • Crecer en el catolicismo tradicional

  • Pasar por el mundo evangélico

  • Estudiar a fondo con Testigos de Jehová

  • Formarme en Reiki y sanación energética

  • Sumergirme en Tarot y astrología psicológica

  • Estudiar Psicología, Bioneuroemoción, PNL, Coaching ontológico…

Cada corriente me dio un lenguaje diferente para hacer las mismas preguntas de siempre:

  • ¿Quién soy realmente?

  • ¿Qué sentido tiene este dolor que cargo?

  • ¿Cómo sostengo la esperanza cuando todo parece derrumbarse?

  • ¿Cómo vivo sin traicionarme?

Ninguna fue “la correcta”. Ninguna fue un desperdicio. Todas fueron piezas. Algunas las sigo usando, otras las guardé con cariño en una caja de recuerdos. Y está bien así.

Sabemos que las creencias no son monolitos eternos: se construyen por exposición, experiencia directa y reinterpretación constante. Evolucionan. Se amplían. Se refinan. Quedarse estático no es señal de profundidad; muchas veces es señal de miedo al cambio.

No se trata de combatir, sino de integrar- Tomar lo que funciona en tu realidad, descartar lo que no aporta valor tangible y construir tu propio sistema operativo. Sin fanatismos. Sin bandos.

La espiritualidad madura no invalida. Observa. Integra. Comparte.

Criticar el camino del otro no fortalece el propio. Descalificar una práctica porque “ya la superé” solo demuestra que todavía necesitas sentirte por encima de algo.

La verdadera expansión ocurre cuando caemos en cuenta de algo muy simple:

Cada persona está exactamente donde necesita estar para su propio proceso de conciencia.

No hay un ranking espiritual. No hay una línea de meta única. Hay infinitos senderos que, al final, conducen al mismo lugar: el reconocimiento de que nunca estuvimos separados.

No se trata de tener razón. Se trata de evolucionar.

Y la evolución, aunque se nutra del aprendizaje colectivo, siempre es profundamente individual.

¿Y tú? ¿En qué momento de tu camino estás hoy? ¿Sigues defendiendo una verdad… o ya empezaste a soltar la necesidad de tenerla?

Con cariño, GV